La habitación no debe tener más de 30 metros cuadrados. La puerta que da al pequeño pasillo que hay a la entrada sirve de imaginaria línea divisoria: a su derecha, un escenario sin tarima; a su izquierda se sienta el público sobre improvisados asientos o simplemente en el suelo. Los actores se mueven en un constante abatir de gestos. Fuera se extiende la fría periferia de Minsk, la capital de Bielorrusia. Dentro hace calor. Alguien propone abrir un poco la única ventana del clandestino teatro. Al hacerlo, el agente del KGB que vigila a visitantes y anfitriones se ve obligado a apartarse: el tragaluz casi le da en la cara.
“Cuando habéis llegado ya os esperaban. Estaban en la calle con una cámara de vídeo, grabando los rostros de todos los que iban entrando”, dice Natalia Kaliada, directora del Teatro Libre de Belarús. Nosotros, que no estamos acostumbrados a fijarnos en quién nos mira, no nos hemos percatado. Nuestro programa oficial de viaje no incluía este encuentro. Supuesta medida de protección. Ahora nos queda claro que los servicios secretos saben más sobre lo que estamos haciendo aquí de lo que pensamos. Lo saben todo. “Y si los vemos, es porque quieren que los veamos, de eso podéis estar seguros”, añade Kaliada.

Alquilar un local siendo una organización no registrada es imposible en Bielorrusia. A la compañía Teatro Libre de Belarús no le queda otro camino que los sin asfalto. (Luna Bolívar)
Aquí, donde terminan las calles asfaltadas de la ciudad, escenifica el Teatro Libre sus críticas obras desde hace casi tres años. “Al principio, actuábamos en bares, organizábamos falsas fiestas de cumpleaños y de Navidad como excusa para llevar a cabo nuestras representaciones”, cuenta la directora, “pero las personas que nos ayudaban empezaron a recibir amenazas, llamadas del KGB. Un día, le cerraron el negocio a uno de nuestros amigos y nos dimos cuenta de que no podíamos seguir poniendo a la gente en peligro. Esta casa es demasiado pequeña, pero su dueño es alguien que ya no tiene nada que perder”.
El Teatro Libre es ilegal. Sólo las organizaciones registradas tienen derecho en Bielorrusia a ejercer su actividad, y la negación del registro es un arma con frecuencia utilizada contra los incómodos, sean compañías de teatro, medios de comunicación, partidos políticos o clubes deportivos.
Y el Teatro Libre es incómodo. “Hablamos de lo que no habla nadie, tocamos todos los tabúes de este país: las minorías nacionales, sexuales, los problemas sociales y, por supuesto, también la política”, explica Kaliada. “Una de nuestras primeras obras trataba de una chica lesbiana que entra en una crisis existencial. No nos dieron permiso para representarla porque, según decían, en Belarús no hay lesbianas ni personas con psicosis y el texto no se ajustaba a la realidad”, recuerda Nikolai Khalezin, dramaturgo y cofundador de la iniciativa.

Los miembros del Teatro Libre (izq-dcha) Nikolai Khalezin, dramaturgo; Vaсlav Havel, curador; Natalia Kaliada, directora; Vladimir Shcherban, productor de gran parte de las obras. (Belarus Free Theater)
Con el paso del tiempo y una dosis de valor, la compañía se ha ido haciendo un nombre. Hoy es conocida (y apoyada) internacionalmente. Mick Jagger es uno de sus patrocinadores. “En 2007 tuvimos un encuentro con él”, dice Khalezin, “poco después, el KGB irrumpió en esta misma habitación en medio de una representación y detuvo a todos los presentes”. El hecho causó tanto revuelo fuera del país que las autoridades bielorrusas decidieron cambiar de estrategia. “Ahora se han vuelto mucho más silenciosas”, constata.
Sin embargo, los agentes siguen ahí fuera. “Claro que tenemos miedo. Pero, por otra parte, ¿qué más nos pueden hacer? Ya sólo les queda secuestrarnos, llevarnos a un bosque alejado y pegarnos un tiro”, suelta Kaliada con absoluta serenidad. “Tenemos que trabajar en Belarús, porque es aquí donde hay que actuar”, sostiene.
Unas 10.000 personas se acercan cada mes a presenciar en directo al Teatro Libre. “¡Algunos recorren 300 o 400 kilómetros sólo para vernos! Y me gustaría saber cuánta gente iría a una obra de teatro en Berlín, Varsovia o Madrid si en el anuncio se advirtiera: ‘no se olvide el pasaporte, usted puede ser detenido’”, ironiza Khalezin.
El 90 por ciento de los espectadores del Teatro tiene entre 22 y 30 años. ¿Una esperanza de futuro? “Depende”, contesta el dramaturgo, “hay jóvenes que quieren cambiar las cosas. Otros que no. Me encantaría estar en vuestra cita de mañana y poder ver las caras que ponéis”, ríe.

Banderas, eslóganes e iniciales grabadas en un sinfín de utensilios: el estilo poscomunista domina en sede de la Unión Juvenil Republicana de Bielorrusia. (L. B.)
Nuestra cita de mañana es en la sede de la Unión Juvenil Republicana de Bielorrusia, una organización que sí está en el registro, y en nuestro programa oficial de viaje. El imponente edificio se alza en el centro de Minsk, a pocos metros del palacio desde el que el presidente bielorruso, Alexander Lukashenko, dirige los asuntos del país. Nos esperan en una de las plantas superiores. Subimos la amplia escalera, recorremos los largos corredores y vamos contemplando las fotografías que cuelgan de las paredes: jóvenes en competiciones deportivas, jóvenes en fiestas regionales, jóvenes en concursos de belleza y, entre ellos, con frecuencia Lukashenko.
Sólo la habitación en la que nos reunimos debe tener el mismo tamaño que la sala del Teatro Libre, quizás incluso algo mayor. Nos sentamos entorno a una gran mesa, dejando toda una mitad sin ocupar. Nuestros interlocutores- él Maksim Bord, 27 años, secretario de la Unión de Jóvenes Bielorrusos; ella Nataly Obrovets, 29 años, directora de la Organización de Pioneros Bielorrusos- parecen formar parte de la decoración poscomunista. Ninguna de nuestras ideas preconcebidas sobre este encuentro supera la realidad.

Maksim Bord, secretario de la Unión de Jóvenes Bielorrusos. El 70% de los miembros de esta organización juvenil, asegura, continúan su carrera en las instituciones del Estado. (L. B.)
Bord y Obrovets nos explican que la Unión Juvenil Republicana de Bielorrusia nació en 2002, fruto de la fusión de agrupaciones ya existentes. Su labor tiene cuatro pilares fundamentales: la educación patriótica, el fomento del trabajo social, la organización de eventos culturales y la propagación de un estilo de vida sano. “Estamos presentes en las escuelas, en las universidades, en las fábricas. Queremos unir a la gente joven, y cualquiera que tenga una buena idea, una idea constructiva, puede recurrir a nosotros y le ayudamos a realizarla”, asegura Bord.
¿También si la idea es escenificar una obra de teatro crítica? “No. Nosotros somos una organización no gubernamental, pero favorable al presidente. Es el gobierno quien nos da el prepuesto para realizar nuestra labor y ningún gobierno del mundo, y eso tienen que reconocerlo, financiaría una institución que actúa en su contra. Nuestro concepto de ONG es algo diferente al suyo”, explica el secretario, y a nosotros no nos queda la menor duda.

Una ONG pro gubernamental: Alexander Lukashenko, el presidente bielorruso, aparece con frecuencia en las fotos que cuelgan en la sede de la Unión Juvenil Republicana de Bielorrusia. (L. B.)
“Aún así”, insiste Bord, “vuelvo a repetir que estamos abiertos a las ideas positivas, vengan de quién vengan. Lo único que no hacemos es sustentar iniciativas políticas: cualquier cosa, menos política”. “En una dictadura”, nos había dicho el día anterior Nikolai Khalezin, “todos los asuntos se vuelven políticos. Hasta la angustiada lesbiana de nuestra primera obra de teatro era una cuestión política”.
Poco apoyo puede esperar por lo tanto el Teatro Libre de organismos como la Unión Juvenil. No sólo el concepto de ONG es diferente, también el de justicia, el de libertad, y la opinión sobre cómo debería ser la Bielorrusia de mañana. “Un día”, nos contaba Natalia Kaliada, “la policía vino a casa. Mi hija tenía cinco años, abrió la puerta y preguntó ‘¿vais a detener a mi mamá?’. Ésa no es la clase de pregunta que debería de hacer una niña cuando ve a un agente. Ésa no es la clase de país en la que yo quiero vivir. No sé si movemos muchas cosas con lo que hacemos, pero nosotros hemos decidido empezar por mover algo en nuestras propias vidas”.
“Cuando me preguntan por qué seguimos actuando en Belarús, yo les contesto: ‘porque somos héroes’”, decía Khalezin, “parece una broma, pero es cierto”.