Por fuera, el edificio no se distingue de cualquier otro de la capital bielorrusa. Por dentro está compuesto de escaleras que conectan largos pasillos. Tubos fluorescentes dejan caer una tenue y desagradable luz sobre color verde amarillento del que un día, hace ya mucho, se pintaron las paredes. La leve oscuridad contribuye a hacerlo todo más lúgubre y refuerza la sensación de suciedad, de prolongado desamparo. Si se escuchara un grito, si de alguna de las puertas cerradas saliera un torturador, nadie podría alegar que no encaja en el escenario.
Una de la puertas se abre. Tras ella, sin embargo, no aparece ningún ensangrentado agente del KGB, sino una joven de amable sonrisa que nos demuestra que, incluso en un lugar tan triste como éste, se puede crear un mundo maravilloso. De pronto, ha sido como abrir el bolso de Mary Poppins.

Una historia de amor entre una cigüeña y una zorra: actualmente en proceso de animación en Minsk. (Luna Bolívar)
La habitación está repleta de papeles, de tubos de pintura y de piezas de lo que un día será una película de dibujos animados. Huele a óleo y un gran ventanal nos devuelve a la claridad. La técnica que aquí se aplica, nos cuentan, es única. Sólo en Moscú y en este Estudio Telekino de Minsk se siguen produciendo filmes infantiles de tal manera.
Sobre láminas transparentes se pintan a mano cada una de las figuras en sus diferentes tamaños, con sus distintos ropajes- de invierno, de verano, dotadas de paraguas el día en que llueve-. Brazos, manos, piernas, pies, cejas y demás partes móviles del cuerpo, grandes y pequeñas, se repiten en otra transparencia. La muchacha que nos ha recibido se dirige al armario y saca de él una casa entera: un salón, una cocina, un dormitorio, un jardín… reproducidos en papel hasta el más mínimo detalle. Es el decorado de la última animación.

El escenario pintado a mano de la última película, un cuento sobre una niña que entabla amistad con una mosca. (L. B.)
En la sala de al lado, un señor que aparenta unos 60 años nos enseña orgulloso cómo las piezas se convierten en historia. “Este aparato ya sólo existe en los museos”, bromea, y por el aspecto se diría que tiene razón.
La parte superior la forma un objetivo semejante al de una antigua cámara de cine, que apunta desde arriba hacia unas placas de cristal, situadas con cierta separación las unas sobre las otras. Ellas son las responsables de la perspectiva: encima del último vidrio se coloca el fondo de la escena- por ejemplo, una pradera que culmina en montañas-, en el anterior, elementos más cercanos- como puedan ser los árboles- y así sucesivamente hasta llegar al primer plano. Cada movimiento- un paso, pero también un parpadeo- se lleva a cabo manualmente intercambiando pies, ojos o figuras, y se fija fotograma a fotograma para unirlos después en un film.

Caras, ojos, cejas, ropas: cada pieza se pinta a mano y se coloca luego manualmente para imitar los movimientos. (L. B.)
Nueve meses se requieren para producir así 10 minutos de animación. Cada película es como un hijo, ríe nuestra joven acompañante. Nos despedimos, pero no sin antes escuchar una referencia a Anna Skvorzova. Su retrato cuelga de la pared. La mujer es una prominencia en este manual modo de hacer dibujos animados. De tres series de en total 60 filmes consta su proyecto más famoso, Nanas del Mundo, una recopilación de canciones de cuna en multitud de idiomas que se produjo parcialmente aquí, en Minsk. Por él, Skvorzova ha recibido numerosos premios en varios festivales de cine, todos desconocidos en Occidente. Está claro que hay cosas que nosotros no vemos.
Camino a la salida, volvemos de nuevo al pasillo y a sus grises escaleras, que pronto han perdido el aire prisión para casos perdidos.